EL COSTO HUNDIDO DE PERSEGUIR LA VIRTUD

 

En el artículo de hoy partiremos de dos hipótesis, la primera de carácter metafórico y la otra guay a secas.

 

Hipótesis metafórica

“La virtud se encuentra en el punto más alto del Everest.”

Hipótesis guay

“No hay nada tan extraordinario como mandar a la virtud a tomar por culo.”

¿LISTOS?

Miremos el mundo por un momento desde la cima del Everest. Preguntemos a la virtud qué es lo que ve cuando mira al mundo y la virtud nos responderá algo parecido a esto:

En ocasiones algunas personas llegan hasta mí, pero no duran mucho por aquí arriba. Entre estas personas hay de todo, desde los que suben en solitario en invierno sin oxígeno hasta los que esperan al buen tiempo y suben gracias a un ejército de sherpas y grandes cantidades de oxígeno comprimido.

Muchas más personas lo intentan pero no lo consiguen, algunos porque se mueren y otros por lo que sea.

Muchísimas más personas se conforman con mirarme embelesados desde los alrededores.

El resto de personas del mundo ni siquiera se acercan, y si me miran únicamente lo hacen porque ese día he salido en la tele o en las pantallas de sus teléfonos móviles.

Sin embargo – continuará explicándonos la virtud – hay algo que absolutamente todas las personas del mundo tienen en común: Todas, en un momento u otro de sus vidas han formado parte del último grupo, el de:

LOS QUE PASAN OLÍMPICAMENTE DE LA VIRTUD

 

Binariófilos como somos, dividamos este grupo en 2 subgrupos:

 

1- LOS QUE PASAN OLÍMPICAMENTE DE LA VIRTUD Y ACABAN SUBIENDO EL EVEREST

 

Analicemos a continuación el caso más extremo:

¿Cómo puede ser que una persona – llamémosle Menganito que pasa olímpicamente del Everest un día acabe ascendiéndolo?

Tanto si a Menganito le ha gustado el monte desde siempre como si le ha empezado a gustar de viejoven, subir al Everest podría llegar a entenderse como algo que se da de manera más o menos orgánica. Está en nuestra naturaleza – y en la de Menganito – desear más, y cuando se trata de subir a las alturas, no se puede llegar más alto. La cima del Everest sería suficientemente alta como para no poder desear subir más alto (siempre que Menganito no vuelva a bajar, claro).

Pero puede que a Menganito nunca le haya interesado realmente el monte. Incluso puede que sea uno de esos cerdos que no recoge su basura las veces que la vida le ha llevado a compartir espacio con la naturaleza. ¿Por qué demonios querría entonces Menganito subir a la cima del Everest?

Pongamos que, en términos materialistas, a Menganito le va bien en la vida. Menganito se compra un Lamborghini que flipas y le empiezan a invitar a fiestas de ricos. En esas fiestas Menganito se da cuenta de que cualquier tonto tiene un Lamborghini.

Ese Lamborghini que disloca cuellos en los barrios obreros apenas le sirve como elemento de señalización en estas fiestas. Comprar un buen yate de más de 100 metros de eslora sería una solución, pero no le llega…

Así que un buen día Menganito se da cuenta de que nadie en esas fiestas ha subido al Everest. Subir al Everest no es tan fácil como comprarse un yate de más de 100 metros de eslora (para los que pueden comprárselo). Menganito sabe que no será fácil, pero puede permitirse pagar un buen entrenador, unos buenos guías, una cuadrilla de sherpas, unos cuantos litros de oxígeno comprimido…

Y sobre todo, Menganito cree bastante improbable que algún otro rico de su ambiente decida también intentar subir el Everest, ¿por qué querrían hacerlo? Menganito decide que es buena idea intentar convertirse en “el rico del Lamborghini que subió el Everest”.

Subir al Everest es una buena idea para Menganito, y Menganito acaba consiguiendo subirlo.

 

2- LOS QUE PASAN OLÍMPICAMENTE DE LA VIRTUD Y NUNCA SUBEN AL EVEREST

 

A primera vista la verdad es que no habría mucho que decir sobre este grupo. ¿Hay algo menos raro que no subir el Everest cuando pasas olímpicamente del Everest?

Y sin embargo la virtud nos ha dicho que dentro de este grupo hay gente que acaba acercándose, en mayor o menor medida, a la cima, sin conseguir alcanzarla.

¿Por qué querría alguna de estas personas que pasan olímpicamente del Everest acercarse a la cima o intentar subirla?

Al igual que en el ejemplo anterior, podríamos pensar en ese grupo de personas a las que les gusta el monte. Entre este colectivo, es fácil entender que exista cierta fascinación por la montaña más alta del planeta. A una gran mayoría les entusiasmaría poder ver el Everest de cerca algún día, pero solo unos pocos desearían intentar subirlo y enfrentarse a todo lo que ello conllevaría.

Pensemos ahora en el resto de personas del grupo que pasa olímpicamente del Everest a las que no les gusta el monte.

¿Por que podrían querer acercarse al Everest en algún momento de sus vidas?

Imagina que una de estas personas es la típica persona normal a la que no le gusta el monte. Imagina además que, por circunstancias de la vida, es la única persona de su grupo de amigos a la que no le gusta el monte.

Esta persona – llamémosle Margarita – ha crecido rodeada de amigos que no paraban de hablar de montañas, expediciones y grandes alpinistas. Y todos sabemos que gran parte de la vida (si no toda) nuestro yo social parece tonto. Margarita, en ese horrible momento de desajuste hormonal que es la adolescencia, a pesar de sentir un desinterés sincero por todo lo que tiene que ver con el monte, no puede evitar empezar a fingir interés por el monte para molar a sus amigos.

Es más, Margarita se empieza a gustar de una chica que tiene su habitación empapelada con pósters de Reinhold Messner, Walter Bonatti y demás viejas glorias del alpinismo.

Y es así como empieza esa oscura etapa de la vida de Margarita en la que vive como si fuera una fanática del monte. Y Margarita acaba haciendo el trekking del Everest con su, por fin, novia. Margarita no ha subido al Everest, pero se ha acercado bastante.

 

LA HIPÓTESIS GUAY

 

Recordemos la segunda hipótesis con la que comenzábamos el artículo:

No hay nada tan extraordinario como mandar a la virtud a tomar por culo.

Imagina a Menganito llegando al campo base tras ascender el Everest. Parece improbable que llore desconsolado porque ya no está en la cumbre. Menganito está muy contento por haber alcanzado la cumbre, pero sobre todo después de mandarla a tomar por culo. Seguramente Menganito esté con un subidón que lo flipas. Ha conseguido su objetivo y está vivo para celebrarlo. Además en el campo base hay café caliente, cerveza fría, patatas fritas, chocolate, colegas y gente como Margarita – que no sabe muy bien qué pinta ahí – y como la novia de Margarita, que le mira con enorme admiración.

Imagina a Margarita volviendo a su casa y dejando atrás el mal de altura, el frío y la incomodidad que le acompañó durante gran parte del trekking. Por fin su cama, su tele, su familia…

No hay nada tan extraordinario como mandar a la virtud a tomar por culo.

Si esta hipótesis fuera real podría parecer una noticia extraordinaria para todos los que pasan de la virtud. Mandar a tomar por culo a la virtud es algo que surge de manera natural, es tan fácil que es incluso maravilloso.

Sin embargo, por desgracia, para poder mandar a tomar por culo a la virtud necesitas a la virtud.

Siento comunicarte que no tiene nada que ver la cerveza que se bebe Menganito tras descender el Everest con la cerveza que te bebes después de 2 horas de netflix.

Por desgracia para Margarita NO tener mal de altura de normal no tiene nada que ver con dejar de tener mal de altura por primera vez en 6 días.

 

THE SWEET SPOT (El punto ideal) 

En mi último artículo intento ordenar mis ideas para entender el papel que había empezado a darle a la incomodidad en mi vida. Se podría decir que, después de casi 40 años pasando olímpicamente del Everest, sentí que debería empezar a intentar acercarme a él. El artículo acaba convirtiéndose en una especie de elogio de la incomodidad. La incomodidad acaba siendo un factor indispensable en la persecución de la virtud.

En el presente artículo ha llegado el momento de reconocer una de las cosas que acompañan a la incomodidad cuando eres tú el que la eliges:

Te sientes tonto. Muy a menudo.

Es difícil estar permanentemente incómodo pudiendo estar cómodo y no sentirte tonto. Y no solo eso. Si no tienes la suerte de rodearte de gente como tú, entonces estarás rodeado de gente a la que le interesa verte como si fueras tonto (no es nada personal, simplemente lo necesitan para mantener sus propias narrativas).

Sentirte tonto y que te miren como si fueras tonto es parte del gran juego de la incomodidad.

El punto ideal de cualquier cosa es un punto difícil de identificar para las personas que nos movemos fatal en la moderación.

Así, pasamos de pasar olímpicamente del Everest a pensar que la vida solo tiene sentido en la cima del Everest.

Son varias las cosas que pueden pasar cuando decides empezar a perseguir la virtud. Por nuestro carácter binariófilo nos quedaremos con dos (sorpresa):

 

1- Equivocarte de virtud

 

No te gusta el monte, pero estás rodeado de personas a las que les gusta el monte. Vienes de una vida sin rumbo en la que, a grandes rasgos, te has dejado llevar. En este tipo de vida, el sentido brilla por su ausencia. La comodidad poco a poco ha ido construyendo a tu alrededor una bonita cárcel de oro. Solo a través de la incomodidad voluntaria podrás empezar a ver esa cárcel de oro. Empezar a ir al monte no te resulta agradable, y es por ello que únicamente conseguirás ir al monte si dedicas tu fuerza de voluntad e intención a ello. Nunca irías al monte “sin querer”. Sigue sin gustarte el monte, pero tienes que reconocer que te empieza a gustar la sensación de ser TÚ el que decides dónde ir. El sentido empieza a aparecer en una vida sin demasiado sentido.

Pero a la vez no puedes evitar sentirte tonto por empezar a hacer cosas que no te apetece hacer.

En cualquier momento de tus salidas al monte tienes 3 opciones:

Seguir subiendo, parar o volverte.

El monte no es lo tuyo, sin embargo, hay un punto ideal en el que las fuerzas de la comodidad y los beneficios de la acción incómoda voluntaria alcanzan el equilibrio. En ese punto tienes suficiente. Suficiente comodidad y suficiente virtud. Merece la pena PARAR en ese punto solo porque no hay nada tan extraordinario como mandar a la virtud a tomar por culo. Descansar tras haberte cansado, beber tras haber hecho sed, comer tras haber hecho hambre.  Ese punto de equilibrio es tu Sweet Spot.

“El Sweet Spot es el punto matemáticamente óptimo para abandonar un determinado comportamiento virtuoso y beneficiarse del extraordinario placer que eso conlleva.”

Si no llegas hasta tu Sweet Spot no has generado la suficiente incomodidad. Descansarás sin apenas haberte cansado… nada nuevo en el horizonte.

Si paras en tu Sweet Spot la habrás clavado. Las malas noticias son que necesitarás volver a subir, o bajar y volver a subir, o lo que sea… para poder volver a disfrutar de descansar cansado. Recuerda que por desgracia en la vida no puedes parar de correr para permanecer en el mismo sitio.

Si te pasas de tu Sweet Spot te vas a sentir más tonto cuanto más te acerques a la cima. Estás en un nivel de incomodidad que solo “te merece la pena” en el momento en el que mandas al Everest a tomar por culo. Has sufrido más de la cuenta como para desear mantenerlo en el tiempo. Ha sido interesante solo por el momentazo de “parar de una vez” y saborear una cerveza aún más rica que la que habrías bebido en el Sweet Spot, pero no te quedarán ganas de volver a llegar tan arriba.

2- Acertar con la virtud.

 

Te gusta el monte. Te gusta tanto y de una manera tan natural que no puedes entender cómo puede haber gente a la que no le gusta.

A pesar de que te gusta el monte, también tú tienes un Sweet Spot. El punto ideal para ti dependerá de cómo de fanático seas, tu estado de forma, tu capacidad de gestionar las situaciones comprometidas, tu tolerancia al frío, etc. Sin embargo, probablemente no te sorprenda saber que la mayoría de veces (salvo que coincidas con algún Menganito como el del Lamborghini) el punto ideal para ti entre lo que el monte te aporta y lo que te supone estará más cerca de la cima del Everest que el Sweet Spot de los que acaban yendo al monte persiguiendo la virtud a pesar de que el monte no les gusta.

EL COSTO HUNDIDO DE PERSEGUIR LA VIRTUD

 

Si no estás familiarizado con el sesgo del costo hundido te puedo decir que es algo así como “huir para adelante”. Llevas ya tanto esfuerzo, o tiempo, o dinero… invertidos en lo que sea que, aunque empiezas a ver claro que te estás equivocando te cuesta muchísimo reconocerlo y sigues cagándola creyéndote que al final merecerá la pena. ¿A quién no le ha pasado?

Entras así en una especie de fase de rendimientos decrecientes: Al principio una salida al monte con los amigos cada fin de semana te daba la vida, pero ahora quieres subir el Everest y, aunque no lo reconozcas, estás hasta las mismísimas pelotas del monte. El monte se ha convertido en entrenamiento, y resulta que el entrenamiento no te gusta. Una vez que te pasas de tu Sweet Spot más monte no es mejor. 

Leyendo a los clásicos nadie diría que la virtud pueda llegar a ser excesiva. La virtud nunca es suficiente. Nunca llegas a tener “demasiada” virtud.

Colocamos la virtud en el Everest porque admiramos a quienes lo suben, pero olvidamos que quizás a nosotros ni siquiera nos gusta el monte. 

Quizás un día puedas comer con tu ídolo y tengas una de las comidas más aburridas de tu vida. Puede que tu ídolo sea el rey del mambo en las montañas pero dé auténtica pena en el mundo de las sobremesas (por suerte para él nadie escribe libros sobre él y sus sobremesas). Probablemente a tu ídolo le gustaría llegar tan lejos como tú en las sobremesas.

Cuando acercarte a la virtud empieza a suponer la caída en picado de algunos indicadores como por ejemplo la alegría o las ganas de seguir viviendo “así”, entonces queridos amigos y amigas, la virtud nos está empezando a dar por culo. Se mire por donde se mire.

> Puede que hayas conseguido tener el culo duro como una roca.
> Puede que hayas conseguido tener la microbiota como dicen las tablas de los libros de microbiota que tiene que estar la microbiota.
> Puede que hayas conseguido bajar en un minuto tu marca en no sé qué carrera.
> Puede que hayas conseguido clavar la asana de Kapotasana.
> Puede que vayas ya por tu tercer cuaderno de la gratitud.
> Puede que haga ya meses que no te abrazas con los colegas como si dependiera tu vida de ello gracias al alcohol.
> Puede que no recuerdes la última vez que sentiste chispas en tu cerebro de adicto tras comer un trozo de Brownie.

Pero la virtud puede estar dándote por culo igual igual.

Aunque parezca mentira, una vez que empiezas activamente a buscar sentido a la vida, es bastante fácil pasarse de largo. Hay que estar atento y en el momento en el que te empiezas a sentir demasiado tonto conviene parar a pensar. Si sabes lo que haces y sabes que te estás pasando pero quieres saber hasta dónde puedes llegar, adelante (o no ¿?).

Si por el contrario ese momento en el que te sientes demasiado tonto se supone que se corresponde con el estilo de vida que quieres llevar para siempre… blanco y en botella. Estás haciendo el tonto. Me ha pasado. Y supongo que me pasará.

Recuerda también que hay gente muy rara ahí afuera, y aunque se tomen a ellos mismos muy en serio, la realidad es que a ellos les cuesta muchísimo menos que a ti entrenar, o no comer postre, o cuidarse en general. Incluso hay a quien no le gusta la cerveza. Ten mucho cuidado con la preguntita de ¿qué te crees, que a mi no me cuesta? que seguramente te harán. Puede que también les cueste… pero menos. Aprende a pasar de ellos cuando se pongan a ellos mismos como ejemplos. Busca tu Sweet Spot. ¿10 minutos de ejercicio 3 días a la semana? ¿“solo” 6 postres a la semana? ¿10 segundos de ducha templada al acabar de ducharte algunas veces en vez de 5 minutos de ducha helada todos los días?

No te compares subiendo al monte con la gente a la que le gusta el monte.

Si decides ir al monte aunque no te guste, intenta no caer en la trampa de “cuanto más alto mejor”.

Y por supuesto, si consigues descubrir una “cima de Everest” en la que casi podría estar tu Sweet Spot… Ya me dirás cómo se hace. De eso va lo del Ikigai. ¿no?

Yo mientras tanto sigo buscando. 

 

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2 Comentarios

  1. S. O.

    Makina!!!
    Cuanto tiempo sin pasarme por aki… He tenido un spicy spot muyy largo.
    Gran reflexion! Pero cuanto nos gusta sufrir 😉
    Un abrazo!

    Responder
    • Juan

      Aupa Sergio! Que alegría verte otra vez por aquí! A mi me gusta sufrir aunque solo sea por cuando dejo de sufrir, o eso creo entender en mi propio artículo🤔😂😂😂
      Un abrazo!

      Responder

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