(in)COMODIDAD

 

Tras cerca de 40 años sin preocuparme especialmente por la alimentación, sin invertir apenas tiempo en entender el mundo o entenderme a mí mismo, sin enfrentarme a esa sorda insatisfacción que acompaña a la falta de propósito…

Empiezo a intentar comer “bien”. Y en aquel momento “bien” era “cetogénico”.

Empiezo a intentar entender el mundo y a mí mismo… e intento hacerlo leyendo, escuchando, escribiendo y observando.

Empiezo a pensar que esa sorda insatisfacción no tendría por qué acompañarme.

Y así es como empieza mi loca carrera detrás de la virtud.

 

Aunque esta persecución no es especialmente agradable.

 

En esta persecución, entre otras cosas, abro las puertas voluntariamente a la incomodidad. La voluntad es la llave que abre la puerta a la incomodidad. Y la incomodidad – quién iba a decirlo – no es cómoda.

La incomodidad – entre otras cosas – identifica, detecta y censura muchos de los lugares donde se esconden, entre otros, la gratificación inmediata, el deseo y – como no podía ser de otra manera – la comodidad.

La incomodidad voluntaria (elegida) es naturalmente consciente. La voluntad consciente requiere de intención. La incomodidad voluntaria aporta a la vida un componente de intencionalidad del que la comodidad carece. Si nos abandonamos caemos a la comodidad. La incomodidad voluntaria en cambio requiere de intención.

Y así llega un día en el que, sin comerlo ni beberlo, mi vida está llena de cosas que no me apetece hacer pero que dan más sentido a mi vida…

 

…al mismo tiempo que no puedo evitar sentirme tonto

 

Y me planteo la inevitable pregunta de si todo eso merece la pena.

Y la respuesta es que merece la pena sin merecerla.

La incomodidad, si es voluntaria, supone una batalla interior continua entre la voluntad de estar incómodo y el deseo instintivo de dejar de estarlo.

Y esta batalla, como cualquier batalla, desgasta.

Pero no es una batalla normal, y este desgaste afecta únicamente al bando que la libra de manera artificial: el único combustible que nos permite permanecer en la incomodidad de manera voluntaria es nuestra voluntad de permanecer en ella. Sin una racionalización previa, sin una narrativa con la que justificar esta búsqueda de la incomodidad, esta búsqueda jamás existiría.

Es la voluntad la que nos permite explorar la incomodidad y es la incomodidad la que nos permite fortalecer nuestra voluntad. Y en la medida en la que nuestra voluntad se refuerza somos capaces de seguir librando – incluso ganando – la batalla.

Nuestra voluntad puede flaquear y flaquea. Nuestro apetito por la comodidad nunca lo hace. A pesar de que mediante nuestra voluntad podemos llegar a contrapesar nuestra inclinación natural por la comodidad, jamás podemos hacerla desaparecer, y nuestro anhelo de comodidad recupera fuerzas natural y espontáneamente a la misma velocidad que las pierde la voluntad.

 

Y si la voluntad desaparece

 

Nuestra inclinación hacia la comodidad vuelve a nosotros como si nunca se hubiera librado batalla alguna.

La comodidad no requiere intención, la comodidad sucede por defecto. Una vida abandonada a la comodidad carece de intención.

La comodidad son las sirenas, la voluntad es Ulises.

Si la voluntad desaparece somos atrapados por la comodidad. Nuestra inacción – o la falta de intención en nuestra acción – es comodidad.

Y en la comodidad se esconde la incomodidad involuntaria. La incomodidad involuntaria no requiere de voluntad ni de intención.

Una vida sin intención es incómoda.

Y la incomodidad raramente motiva la acción.

 

La vergüenza, el miedo, la insatisfacción, la envidia… nos atrapan, pero la comodidad de la inacción rara vez motiva la incomodidad de la acción. Nos resulta más cómodo seguir incómodos, pues seguir incómodos no requiere de voluntad ni de intención.

Cuando la incomodidad motiva la acción se suele decir que tocamos fondo. La incomodidad motiva la acción cuando se vuelve insoportable. En estos casos la acción, la intención y la voluntad se vuelven menos incómodas que seguir incómodos.

 

Acción

 

La comodidad se opone a la acción y no requiere de intención. Nuestra comodidad nos lleva a un sitio, nuestras acciones a otro.

La acción requiere de voluntad y de intención.

Cuando la incomodidad involuntaria no motiva la acción solo nuestra voluntad y nuestra intención pueden alejarnos de ella. Es incómodo escapar de la incomodidad de la comodidad, necesitamos voluntad e intención.

La voluntad nos abre la puerta de la incomodidad voluntaria. La incomodidad voluntaria nos aleja de la incomodidad involuntaria. La incomodidad voluntaria requiere de voluntad y de intención, y si tenemos voluntad e intención la acción es posible.

Y solo mediante la acción es posible cambiar de sitio.

Entrenar la voluntad, la intención y la incomodidad mediante la acción es buena idea. Aunque sea más incómodo que no hacer nada.

La voluntad, la intención y la incomodidad nos atarán al mástil la próxima vez que escuchemos las sirenas.

 

Aquí puedes ver un ritual con el que entrené la incomodidad todos los días durante más de un año.

Y en la sección de “PLAY” encontrarás varias ideas para trabajar la incomodidad. Si es que eso es lo que quieres.

En este artículo he dado voz al diablillo bueno de la incomodidad, si no se me pasan las ganas, en el siguiente daré voz al diablillo cabronazo. Al de: “Juanito, no sé si vas a vivir cien años, pero qué largos se te van a hacer”. 

 

Si te da pereza leer, aquí lo leo para ti. 

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