LA TRAMPA DE LA PROFUNDIDAD Y EL CHISTE DE LAS TIPOLOGÍAS

 

Si algo caracteriza a la entrañable ¿ciencia? de la psicología es una falta de consenso prácticamente generalizada.

Que conste que digo esto sin tener ni repajotera idea, por si alguno se pone milindris. Una vez aclarado lo de que soy el típico tonto con un blog que dice lo que le da la gana sin tener ni idea… sigamos.

Como suele suceder en estos casos, si algo tienen en común todos y cada uno de los agentes que disienten es que lo hacen desde la convicción de hallarse en posesión de la verdad. Todas y cada una de las partes que convierten a la psicología en un incómodo refrito de disensos lo hacen desde la clarividencia. Nadie ha sido capaz de ver la verdad en la psicología con tanta claridad como lo han hecho todas y cada una de las partes que disienten.

“Pues vaya mierda” –  estarás pensando.

No te preocupes, por suerte, alguien ha encontrado – de verdad – la verdad: yo.

Esa pereza natural que con tanta gracia sabemos vestir los vagos, en ocasiones, es maravillosa. Así, actúa como el antídoto perfecto contra la trampa de la profundidad.

Para conquistar el estatus de la profundidad, es requisito imprescindible dedicar tiempo y esfuerzo (físico o mental) a lo que sea. Y qué raro es que los vagos dediquemos tiempo y esfuerzo (físico o mental) a algo…

Así, siendo el peaje que hay que pagar por alcanzar la profundidad demasiado caro, la única relación que nos acaba uniendo a los vagos con la profundidad es la del azar. El azar de encontrarnos con alguien o algo profundo que nos intenta comer la oreja.

Si no te has preparado para estos encuentros, es muy probable que los mercenarios de la profundidad hayan acabado consiguiendo comértela (la oreja).

Su modus operandi es siempre el mismo: Te envuelven en palabras, cifras, citas, nombres extranjeros, gráficas, estadísticas… y para cuando te quieres dar cuenta ya no tienes ni idea de qué coño te están hablando. Y en ese momento entra en acción otra famosa trampa: la de pensar que tiene más razón el que mejor sabe explicar algo. Y no hace falta ser Einstein para adivinar que cuando no tienes ni idea de lo que te están hablando es imposible que lo expliques mejor que lo que lo hace el lacayo de turno de la profundidad.

Así, sin comerlo ni beberlo, tu mente, la muy cabrona, en infinidad de ocasiones habrá acabado dando la razón a los perrillos falderos de la profundidad, aunque en el fondo todo lo que te contaron no fuera más que una mierda, de las que huelen, mal.

Pero, como decía antes, no te preocupes. Es muy fácil empezar a prepararse para futuros encuentros con la profundidad, y puedes empezar memorizando esta complicada regla:

 

“Si parece una mierda y huele como una mierda es una mierda.”

Reglas contra la profundidad. Juan Arbeloa

 

Tenemos la desgracia de menospreciar sistemática e inconscientemente una de las formas más sublimes en las que se manifiesta nuestra inteligencia:

 

El vistazo superficial

 

Nacemos con un detector de gilipolleces infalible. Si cuidamos de él podemos detectar una gilipollez a kilómetros; la vemos venir como a un cura en la nieve. Nacemos para reconocer una gilipollez a simple vista.

Sin embargo, la profundidad, de manera sutil al principio y con la sutileza de un bulldózer después, se encarga de atrofiar nuestro maravilloso detector de gilipolleces. La joya de la corona de la evolución.

Copio a continuación un genial extracto del libro “Antifrágil” del gran Nassim Nicholas Taleb:

 

Volvamos a la metáfora de las aves e imaginemos esta situación: un grupo de personas de expresión hierática (de Harvard u otros lugares así) dan clases de vuelo a las aves. Imaginemos a esos varones calvos y entrados en la sesentena, vestidos con togas negras, oficiando en una forma de inglés llena de jerga sin que falte alguna ecuación aquí y allá.

Las aves vuelan.

¡Qué impresionante confirmación! Corren al Departamento de Ornitología para escribir libros, artículos e informes exponiendo, en una inferencia causal impecable, que las aves les obedecen. El Departamento de Ornitología de Harvard es ahora indispensable para que las aves vuelen. Gracias a su contribución obtendrá fondos públicos para la investigación.

Matemáticas → Navegación ornitológica y tecnologías de aleteo → Las (ingratas) aves vuelan

También sucede que las aves no escriben artículos y libros —seguramente porque solo son aves— y por eso nunca conocemos su versión de los hechos. Mientras, los sacerdotes siguen difundiendo los suyos a la nueva generación de seres humanos que no saben cómo estaba la situación antes de que Harvard interviniera. Nadie habla de la posibilidad de que las aves no necesiten clases y nadie tiene ningún aliciente para contemplar a las muchas aves que vuelan sin la ayuda del fabuloso establishment científico.

El problema es que lo que acabo de escribir suena ridículo, pero un simple cambio de ámbito hace que suene razonable. Está claro que ni se nos ocurriría pensar que las aves vuelan gracias a los ornitólogos, y si alguien lo pensara le costaría muchísimo convencer a las aves. Pero ¿por qué antropomorfizar este ejemplo y cambiar «aves» por «personas» hace que sea plausible la idea de que la gente aprende a hacer cosas gracias a clases y lecciones? Cuando se trata de la actuación humana las cosas, de repente, se vuelven confusas.

“Antifrágil. Las cosas que se benefician del desorden.”

Nassim Nicholas Taleb 

 

En definitiva, cuando hablamos de lo humano, cuando la psicología se encarga de lo humano, muchas veces está enseñando a volar a las aves.

Existe un acuerdo perverso y generalmente consentido según el cual se le concede al experto la potestad de la verdad en el campo de su especialidad. El experto se eleva así por encima de la condición de simple mortal y adquiere el delirante derecho de decirnos que las cosas que parecen una mierda y  huelen como una mierda no son una mierda, sino lo que él diga. Y lo dice desde la autoridad que le concede su largo periplo profundizando y cargando de complejidad su finalmente incomprensible argumentario. 

Así, un experto en el amor nos dirá cómo amar, incluso aunque él jamás haya experimentado el amor. Un experto en la felicidad inmerso en una depresión, nos enseñará a ser felices. Un experto político nos dirá que algo clamorosamente injusto no lo es, y se apoyará en leyes escritas en un lenguaje profundo y, por tanto, incomprensible. Sólo otro experto podrá entenderlo, y son pocos los expertos que, una vez que rinden pleitesía a la profundidad, siguen siendo capaces de ver lo clamorosamente injusto, evidente, malvado, interesado… 

Hablemos ahora de otro tipo de expertos: Existe en el mundillo de lo psicológico, una dilatada tradición de clasificar a la humanidad. Diversos expertos a lo largo de los tiempos han creado profundas doctrinas clasificación-céntricas en las que se explica cualquier cosa que se pueda solapar con lo humano. Clasificaciones inventadas para intentar entender a la humanidad haciéndola pasar por el embudo imaginario que ellas mismas inventan. 

Si tu primer encuentro con cualquiera de estas invenciones se da cuando tu detector de gilipolleces ya ha sido atrofiado por diferentes encuentros con la profundidad, posiblemente acabes dándole más importancia de la que merece. Intentarás, tras toda una vida contigo mismo, intentar empezar a entenderte, de repente, utilizando una clasificación que se ha inventado un desconocido que pretende que te identifiques con una parte de ti, restando importancia a otras partes de ti.

Para hacerse a la idea de este despropósito, no hay más que ver los comentarios neuróticos de los que se lamentan de no conseguir sentirse completamente identificados con una sola clase de las propuestas en la clasificación de turno.

Aunque me estoy haciendo el macarrilla, un poco a lo James Dean, tengo que reconocer que, como frikie de la mente que soy, reconozco la utilidad de estas clasificaciones, si consigues utilizarlas sin alejarte de la superficialidad. Si te mantienes anclado al vistazo superficial. Si no se te olvida que tú eres, sin duda alguna, el mayor experto del planeta en ti mismo. Toda una vida contigo mismo se ha encargado de ello. Tenemos que recuperar el acceso a la preciosa información que obtenemos de nuestro genial detector de gilipolleces. Ahí se encuentra lo más parecido a la verdad que podamos encontrar. Pero para ello necesitamos aprender a dejar de creer todo lo que la profundidad nos ha hecho creer. Todo aquello que ha conseguido que no sepamos muy bien de qué coño estamos hablando. Esa complejidad inmanejable que nos ha hecho acabar menospreciando la simplicidad y superficialidad. Lo que está a simple vista, pero ya no vemos.

Tipologías. En serio.

 

He aquí una lista de tipologías que se encargan de clasificar a los seres humanos. Viéndolas todas juntas es difícil no reírse.  Así, la raza humana se puede dividir:

Según los científicos en personas “en la media” o “reservados” o “egocéntricos” o “modelos a seguir”.
Según Jung en 8 tipos de personalidad.
Según Holland en 6 tipos de personalidad.
Según los psicólogos en personalidades tipo A, B, C y D.
Según Erich Fromm en 5 tipos de personalidad.
Según Myers-Briggs en… 16 tipos de personalidad!!!
Según el eneagrama en 9 eneatipos.
Según Hipócrates en 4 temperamentos.
Según PNL en 3 modelos representacionales.
Según Sheldon en 3 tipos de siluetas corporales
Según Gretchen Rubin en 4 tendencias
Según Adam Grant en “altruistas”, “egoistas” y “compañeros”.
Según Michael Breus en leones, osos, lobos y delfines

Creo necesario aclarar que no he profundizado especialmente en la búsqueda de tipologías. He tirado de google y de algunas que me sonaban en plan rápido. Seguramente la lista se componga, para más risas, de muchas más clasificaciones.

¿Quién en su sano juicio, con el detector de gilipolleces funcionando correctamente, dedicaría una importante cantidad de su tiempo y esfuerzo a hacerse experto en alguna de estas clasificaciones?

Y a pesar de todo, por lo que sea, sentimos auténtica fascinación por clasificar y etiquetar. Y a pesar de todo, los que, por lo que sea, sentimos fascinación por intentar entender la vida, sentimos la estúpida necesidad de enseñar a las aves cómo deben volar.

Así – y para vuestra sorpresa vuelvo a hablar de mí – visto que hasta el más tonto es capaz de inventarse una tipología, he decidido inventarme la tipología de Juan Arbeloa, según la cual, el mundo se divide en vagos y no vagos. Binaria. Como a mí me gusta.

Puestos a profundizar, prefiero profundizar según mis reglas. Me da muchísima pereza dedicar mi tiempo a volverme un experto en lo que otros se han inventado.

Si tuviera que resumir este artículo en el que no sé muy bien de qué estoy hablando, os diría que si algo parece una mierda y huele a mierda, seguramente estéis delante de una mierda. Y por mucho que me duela decirlo, esto incluye la tipología de Juan Arbeloa.

 

A veces, una mirada superficial es la más profunda de las miradas.

 

Que no nos líen, recuperemos el acceso a nuestro detector de gilipolleces. Protejámonos ante los inevitables encuentros con la profundidad. Una vez que te dejes atrapar por cualquiera de los esbirros de la profundidad, ya no sabrás de qué te están hablando, y quizás cometas la locura de acabar dándoles la razón. Y si haces eso, ya no habrá quien entienda tu vida.

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