LOS VAGOS

 

Siendo este un blog creado por un vago y dirigido a otros vagos, creo conveniente dedicar el primer post a realizar una primera aproximación a la naturaleza misma del vago.

Si queremos entender a un vago, lo primero que deberemos intentar entender será su cerebro:

 

Detrás de esta aparente simplicidad, se esconde una pérfida realidad:

Nunca nos apetece hacer nada que no nos apetezca o nos suponga algún esfuerzo, así que, si podemos, nunca hacemos nada que nos suponga un esfuerzo o no nos apetezca.

 

Los conceptos de “esfuerzo” y de “apetecer”, en el mundo de los vagos, están extremadamente desarrollados. Por un lado somos capaces de detectar niveles realmente ridículos de esfuerzo, y por otro lado, somos particularmente exigentes respecto a nuestras apetencias. Mucho nos tiene que apetecer hacer algo para que finalmente lo hagamos. Por tanto, nuestro “estado basal”, en esencia, es no hacer nada.

La vida sigue y el tiempo no se detiene, así que, ante nuestra inacción, las cosas nos pasan y la vida nos viene.

Pero esto… ¿no parece tan pérfido no?

 

Para un vago, esta realidad podría no parecer tan mala, incluso podría parecer deseable.

¿Qué puede tener de malo una vida en la que pasas el mínimo tiempo posible haciendo cualquier cosa que no sea no hacer nada?

Visto así, esta realidad parece describir el Valhalla de los vagos.

 

¿Por qué entonces los vagos no somos las personas más felices del planeta?

 

Porque nuestro cerebro es un cabrón. A nuestro cerebro no le gusta ser vago. Vivimos esclavizados por un cerebro tirano que no nos deja no ser vagos a la vez que no nos deja disfrutar de ser vagos.

 

Si no me crees, párate a pensar:

Si eres vago de verdad, y no de los de boquilla, seguramente tus glúteos atesoren una cantidad casi vergonzante de horas de sofá. Y aunque estas horas se han ido repartiendo a lo largo de tu trayectoria vital en forma de bloques de tiempo de diferente duración, algunas de estas sentadas seguramente hayan alcanzado unas proporciones verdaderamente épicas.

Si después de alguno de estos episodios – en los que tu habilidad para la vagancia ha desplegado todo su potencial – has tenido la desgracia de encontrarte con una de esas personas capaces de preguntar a un vago qué ha hecho ese día (con el típico tono inocente y casual que suele acompañar a esas preguntitas envenenadas), sin duda conocerás esa extraña sensación de no sentirte excesivamente cómodo con la verdad. Puede que ese día incluso hubieras conseguido romper el récord de permanencia en sofá de tu portal, calle o incluso barrio.

¿Por qué entonces no le hablaste en plan “pechopalomo” de tu increíble gesta?

¿Crees que alguna vez algún juglar cantará sobre tu mejor sentada?

Piénsalo bien, tu cerebro es un cabrón.

Si te da pereza leer, aquí lo leo para ti. 

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1 Comentario

  1. Ein?

    Pa que.

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