IMAGINA UNA PIEDRA

 

Imagina una piedra encima de una mesa.

Ahora cuéntamelo todo. Sobre esa piedra. Imagina que quiero imaginarme exactamente la misma piedra.

Si no somos seres de distintos planetas probablemente podrías empezar hablándome del color, forma y tamaño de la piedra.

Pero yo quiero saber más.

Quizás, aunque no sea lo que yo te he pedido, me empieces a hablar también de la mesa. Incluso de la sombra que la piedra proyecta en la mesa.

No está mal, pero no es suficiente.

Empiezas a sospechar que aquí hay gato encerrado… ¿cómo podrías ser más creativo en tus repuestas?

Si eres un friki de la geología quizás me empieces a hablar de esquistos bituminosos, cuarzos lechosos o smithsonitas. Si eres un friki más al uso podrías hablarme de kriptonita.

Si eres uno de esos maravillosos chiflados cuánticos quizás me expliques que la piedra está hecha básicamente de “nada”, pues el tremendo espacio vacío que separa las distintas partículas subatómicas es infinitamente superior al espacio ocupado por dichas partículas.

Si eres de los míos, seguramente también me empieces a contar hermosas milongas. Esa maravillosa fracción de polvo de estrellas que, por cosas que pasan, acabó formando parte del planeta tierra y que, un buen día, emergió a la superficie como parte de las cumbres de la cordillera penibética para, tras múltiples desencuentros con la erosión y los contrastes térmicos, acabar desprendiéndose en forma – ahora sí – de piedra y llegar rodando hasta un pequeño torrente que la fue arrastrando y moldeando hasta convertirla en la piedra que ahora imaginas encima de la mesa.

Y si quieres hacerme feliz, también me dirás que miles de ranas a lo largo de la historia han hecho el amor encima de esa misma piedra en ese precioso arroyo en el que la encontraste.

Dicho lo cual, y aprovechando que soy yo el que escribo, permíteme imaginarme que la piedra que te has imaginado no volaba. Más que nada, para intentar conseguir que todo esto acabe teniendo algo de sentido.

 

LA LEY DE LA GRAVEDAD

 

Los últimos años, será por la edad, me ha dado por pensar bastantes veces en la ley de la gravedad. Supongo que a ti también te pasa.

Si nadie me hubiera hablado de ello, ¿hubiera sido capaz de decir alguna vez que las piedras no vuelan?

Y eso que, si hay algo que las piedras no pueden hacer, eso es volar.

Todas las piedras están pegadas al suelo. Incluso los pájaros más voladores, cuando mueren, acaban pegados al suelo.

Las piedras obedecen tan religiosamente la ley de la gravedad que la ley de la gravedad acaba escondida en las piedras.

Si yo fuera la única persona viva del planeta, si solo hubiera tenido una vida y mis propias observaciones para saber lo que sé… ¿Habría sido capaz de darme cuenta de que ninguna piedra está despegada del suelo?

Si un extraterrestre me hiciera una visita y yo tuviera que explicarle todo lo que sé, ¿se me hubiera ocurrido decirle que aquí todo está pegado al suelo?

La ley de la gravedad es el típico ejemplo que me viene a la cabeza cada vez que quiero hablar de lo difícil que puede llegar a ser ver lo evidente.

Cuando formamos parte de un sistema, y este sistema está regido por leyes fundamentales, probablemente esas mismas leyes sean las más difíciles de ver. Y sin embargo son las leyes que deberíamos entender si queremos intentar entender el sistema.

 

LAS LEYES DE LA FELICIDAD

 

Ahora que sabes que en ocasiones pienso en la ley de la gravedad, te confesaré que me dispongo a pensar en las leyes de la felicidad. Sobre todo en una.

Si la felicidad fuera una piedra, ¿Qué ley se estaría escondiendo en ella? ¿Qué ley hace que no podamos encontrar ninguna piedra despegada del suelo?

Se ha escrito largo y tendido sobre la felicidad. Parece existir un amplio consenso en considerar la felicidad como algo deseable. Incluso no son pocos los que afirmarían que, por encima de cualquier otra cosa, lo que les gustaría es ser felices.

Pero, ¿qué hace que la felicidad, siendo tan deseada, sea tan difícil de conseguir?

¿Qué ley fundamental rige nuestra relación con la felicidad? ¿Está la gravedad escondida en la piedra?

Tendemos a pensar en la vida como en un camino y, en esa manida metáfora, entre otras cosas, no pueden faltar los cruces.

Veamos qué sucede si en vez de pensar en la vida como en un camino pensamos en ella como en un cruce. Nada de caminos, solo un cruce, siempre el mismo.

Antes de revelar las dos direcciones que señala el cruce intentaré reproducir aproximadamente una historieta que escuché hace poco en un podcast de cuyo nombre no consigo acordarme:

 

Érase una vez una fiesta de una de esas personas a las que le sale el dinero hasta por las orejas. Era super rico, riquísimo… En medio de la fiesta, 2 de los invitados (bastante adinerados ambos, como no puede ser de otra manera en estas fiestas) mantenían la siguiente conversación:

UNO – ¿Buah qué pasada no? ¡Este tío es riquísimo! ¡Mira qué cosas tan caras hay por todos lados!
EL OTRO – ¡Ya te digo! Tiene más dinero que Carracuca, que ya es decir…
EL UNO – La verdad es que tiene de todo, ¡Qué suerte!
EL OTRO – ¿De todo? Pues déjame decirte que yo tengo algo que él no tiene.
EL UNO – ¡Venga ya! ¡No te lo flipes! ¿Qué puedes tener tú que no tenga él?
EL OTRO – Suficiente. Yo tengo suficiente.

MÁS VS SUFICIENTE

 

Así es queridos amigos, aprovechemos mi facilidad natural para transformar cualquier cosa en un modelo mental binario para seguir con toda esta historia.

El nuevo modelo mental binario que propongo para asomarnos a nuestras vidas es el de “más VS suficiente”…

¡WOW!

Podemos imaginar la vida de infinitas maneras, podemos mirarla desde infinitas lentes. Veamos qué pasa si visualizamos nuestra vida como si fuera un cruce, siempre el mismo. El cruce que te da a elegir entre más o suficiente.

Comparto a continuación uno de los aprendizajes que he podido extraer de la meditación:

Si nos aproximamos a la vida de manera estática, intentando detenernos en el famoso ahora, si realmente conseguimos hacerlo, aunque solo sea durante unos segundos… es realmente difícil encontrar algún problema.

Creo que esto es cierto, como mínimo, para el privilegiado colectivo de “personas con problemas en el paraiso”.

Cabe aclarar también que no estoy diciendo que los privilegiados miembros del colectivo de “personas con problemas en el paraíso” no tengamos problemas. No. Los tenemos. Son gordísimos y los sentimos como gordísimos:

El móvil nos va despacio porque apenas le queda memoria, no tenemos una casa con más habitaciones, cada vez tenemos más años, nadie nos entiende, nuestro trabajo no nos llena, nuestro coche se avería de vez en cuando, no podemos viajar por todo el mundo siendo super felices, noséquién me ha dicho noséqué, tenemos que hacer la compra cada dos por tres porque la nevera tiene la maldita costumbre de vaciarse cada dos por tres, somos calvos y no tenemos el suficiente dinero ahorrado para irnos a Turkía a ponernos pelo, estamos planas y no tenemos dinero para ponernos unas buenas tetas o nos da vergüenza hacerlo por el “qué dirán”, no tenemos tiempo para hacer lo que sabemos que, si hiciéramos, nos haría felices, y un largo etcétera de desdichas que convierten a cualquier “persona con problemas en el paraíso” en un auténtico héroe.

Dicho lo cual, si, como yo, eres uno de esos héroes incomprendidos de la posverdad, te animo a que hagas el siguiente ejercicio:

Sitúate en frente de ese poste metafórico que señala las dos direcciones en las que se divide la vida y visualiza qué podría depararte cada una.

 

MÁS

 

Si no me estás leyendo desde una gélida cueva en algún remoto rincón de la cordillera del Himalaya de la que no sales desde hace unos cuantos años, probablemente tengas una dilatadísima experiencia en “querer MÁS”.

Y no solo lo digo yo (que debería ser suficiente, ya que tengo un blog), sino que también lo dicen diferentes tradiciones ancestrales que identifican el deseo como la fuente de todo sufrimiento.

¿Qué razón puede ser tan poderosa como para que tanta gente tan a menudo quiera más?

En términos lógicos resultaría difícil de entender que la razón de querer más sea seguir queriendo más.

En términos de felicidad, la historia que nos contamos a nosotros mismos cada vez que queremos “más” posiblemente sea la de que cuando consigamos “eso que en ese momento para nosotros es más” seremos felices. Es decir, “queriendo más” llegaremos hasta “suficiente”.

“Más” se convierte en el vehículo que nos llevará hasta “suficiente”:

Más felicidad => Suficiente felicidad.
Más dinero => Suficiente dinero.
Más likes => Suficientes likes.
Más tetas => Suficientes tetas.
Más sexo => Suficiente sexo.
Más tiempo => Suficiente tiempo.
Más viajes => Suficientes viajes.
Más amor => Suficiente amor.
Más músculo => Suficiente músculo.
Más minimalismo => Suficiente minimalismo (¿- es +?).
Más hábitos saludables => Suficientes hábitos saludables.

¿Sería sensato decir por tanto que una de las leyes de la felicidad es que la encontraremos más fácil siguiendo la señal de “suficiente”?

¿Es posible llegar hasta suficiente por el camino del más?

SUFICIENTE

 

Si eres un ávido consumidor de la narrativa del éxito probablemente más nunca será suficiente. Elon Musk, Bill Gates, Warren Buffet, Jeff Bezos, Steve Jobs… nunca hubieran conseguido lo que consiguieron (y siguen consiguiendo) si en algún momento “más” hubiera sido “suficiente”.

Sin embargo, seamos realistas… ¿Qué probabilidades tienes de ser el nuevo Steve Jobs? Por mucho que sepas que eres la repanocha y todo eso. ¿Eres el nuevo Elon? Permíteme dudarlo desde la soberbia que otorga la estadística, y eso que no tengo ni idea de quién eres… si es que hay alguien ahí.

Y puestos a divagar, si en este mismo momento pudieras ser tan feliz como Mark Zuckerberg, ¿sería suficiente? ¿sería más? ¿es Mark ahora mismo más feliz que tú? ¿querría Mark ser tan feliz como tú si, ahora mismo, fueras más feliz que Mark? ¿sería suficiente para Mark? ¿qué tendría que hacer Mark para conseguir ser tan feliz como tú? ¿querría Mark ser tan poco rico como tú si fuera la única manera de conseguir ser tan feliz como tú?

Si tuvieras el poder de saber que, en términos absolutos, tú eres más feliz que Mark, ¿te cambiarías por él y todo su dinero?

Si tuvieras el poder de saber que, en términos absolutos, tú eres más feliz de lo que serías si tuvieras todo lo que Mark tiene, ¿te cambiarías por ti mismo en tu versión de multimillonario menos feliz?.

No sé qué me da que más de uno se jugaría todo a que sí que lo harías. De hecho no sé qué me da que más de uno daría (¿daríamos?) todo por ser millonario y menos feliz.

Probablemente haya algo en todo esto que no te encaje. Si no eres una de esas personas que vive cerca de “lo suficiente” quizás encuentres contradictoria la idea de poder ser millonario y menos feliz. Probablemente quieras ser MÁS feliz pero no dejarías pasar la oportunidad de ser millonario, aunque fuera millonario menos feliz. Ya te encargarías después de intentar ser MÁS feliz. Pero ¿cómo conseguirías ser más feliz si ser millonario no hubiera sido suficiente para ser más feliz?.

Si pudieras ser millonario, pero no tanto como Mark, ¿sería suficiente para ti? ¿estás seguro? ¿Existe algún millonario que no quiera más? ¿Existe algún millonario que tenga suficiente?

En cierto modo, buscar la felicidad por la vía “suficiente” exige cambiar el paradigma establecido por la narrativa del éxito. No seré yo quien afirme que el éxito, tal y como se conoce habitualmente, no da la felicidad. Sin embargo, desde un punto de vista egoísta, creo que es más inteligente pensar en una felicidad que no requiere de éxito y que es más fácilmente alcanzable en lo “suficiente”.

¿A qué distancia estás del éxito (suficiente éxito) y a qué distancia de lo suficiente?

Quizás en el momento en el que,  si es que lo haces, alcances aquello que ahora para ti sería el éxito, te encuentres todavía más lejos de lo suficiente… Quizás. ¿Encontrarás entonces más felicidad en ese éxito insuficiente que la que encontrarías acercándote, ahora, a lo suficiente?

 

EL CRUCE VS EL CAMINO

 

Creo que, en términos metafóricos, entender la relación entre el camino de la vida y sus cruces podría ayudarnos enormemente a comprender la propia vida.

Somos animales reflexivos, conscientes de nosotros mismos. Nuestra mente se encarga de que podamos entender la vida como un camino. Pero la vida únicamente existe en el famoso ahora. Nuestra mente es la puerta por la que el pasado y el futuro consiguen colarse en el ahora.

La idea que tenemos de nosotros mismos proviene principalmente de la manera en la que la mente integra en el ahora nuestro pasado. Y es desde esa idea que tenemos de nosotros mismos desde donde visualizamos un futuro que, en el ahora, nunca existe, pero que sin embargo, acaba pasando a ser una parte fundamental de esa idea que tenemos de nosotros mismos. Y es desde esa idea de nosotros mismos influenciada por un pasado que ya no existe y un futuro que no existe desde la que vivimos en el ahora.

Pongamos que, por ejemplo, a través de la meditación, conseguimos sacar el pasado y el futuro del ahora. Aunque solo sea durante unos breves segundos. Durante escasos segundos, nosotros, mediocres meditadores, hemos conseguido fijar nuestra atención exclusivamente en la respiración.

En ese preciso momento no existe nada más. Ese preciso momento, si somos capaces de lograrlo, o incluso si simplemente somos capaces de imaginarlo, se convierte en un precioso punto de referencia en nuestras vidas.

Un precioso punto de referencia que se esconde en todos y cada uno de los momentos de nuestra vida de la misma manera que la gravedad se esconde en las piedras.

Si nadie nos hablara de ese ahora, podríamos pasarnos toda una vida sin conocer su existencia. Constantemente distraídos por nuestro recuerdos y ensoñaciones. Afligidos por nuestras preocupaciones. Entusiasmados por nuestras ilusiones.

Si nadie nos hablara de ese ahora, la vida sería un camino, e intentaríamos recorrerlo con el mayor acierto posible. La vida sería eso que pasa entre nuestro pasado y nuestro futuro. Y si se nos diera bien vivir, viviríamos más cerca de “suficiente” que si no se nos diera tan bien.

Si alguien nos hablara de ese ahora, o simplemente hubiéramos sido capaces de llegar a conocerlo por nosotros mismos, y además fuéramos capaces de acceder a él a voluntad… La vida, en el ahora, siempre sería un cruce. Eso que pasa ahora, independiente de un pasado y un futuro que ahora no existen.

Ahora. ¿Qué hago? ¿Qué elijo? ¿Cómo miro? ¿Dónde miro?… Ahora.

EL CRUCE

 

Cuando recorremos un camino, siempre venimos de algún sitio y estamos yendo hacia otro.

La vida, salvo que alcances la iluminación, la vivimos como un camino. Casi siempre nos acompañan el pasado, el futuro y nuestra mente, que es la que los lleva de la mano. Sin embargo, así como la gravedad rige la vida de las piedras, lo sepan ellas o no, también el ahora rige la vida, de una manera tan fundamental que la vida no sería posible si no sucediera ahora. Y esto sucede, lo sepan o no nuestro pasado, nuestra mente o nuestro futuro. Les guste o no.

En autoayudabarata.com hace ya mucho tiempo que renunciamos a alcanzar la iluminación, no sabemos cómo hacerlo. Por ello, somos realistas. Salvo que seas el nuevo Sidharta (cosa tan estadísticamente improbable como que seas el nuevo Elon Musk), el pasado, el futuro y la mente son compañeros habituales en nuestro ahora . Sería de locos pensar que podemos vivir sin ellos.

¿Qué podemos hacer entonces?

 

Como bien sabéis, el maravilloso mundillo de los modelos mentales binarios va de intentar entender el mundo utilizando diferentes lentes para mirarlo que lo dividen en dos categorías, diferentes en función de cada lente.

Con el modelo mental binario de “más VS suficiente” propongo lo siguiente:

Compara cualquier cosa que ocupe tu mente con ese punto de referencia al que podrías acceder en cualquier momento en el que simplemente existes en el ahora. Cada vez que tu mente, el presente o el futuro captan tu atención, ¿en qué dirección te están llevando (ellos)?

¿más?
¿suficiente?

Cada vez que utilices este modelo mental, contempla tu vida como si fuera un cruce y empezara de cero. Con tus acciones, con tu atención, con tus pensamientos, con tus emociones… ¿Qué dirección estás eligiendo (tú)… ahora?

Obviamente, todo esto no vale para nada si, cual guinda que cae de un guindo, pensamos que gracias a esto alcanzaremos suficiente para siempre. Recuerda que la vida sigue su curso independientemente de las palabras con las que intentes domesticarla. Está en nuestra naturaleza desear, envidiar, lamentar, sobrevalorar lo negativo, menospreciar lo positivo, sufrir, disfrutar… Es imposible vivir sin desear nada (al menos para mí y, calculo aproximadamente que para unos cuantos muchos millones de personas más).

Sin embargo, ser conscientes de en qué medida está el deseo en nuestras vidas nos ofrece la increíble oportunidad de examinarlo y adaptar nuestro comportamiento para, poco a poco, intentar empezar a acercarnos a “suficiente”.

Nos guste o no nos guste, vamos a desear. Todos queremos más. Y la mayoría de nosotros seguiremos queriendo más aunque consigamos lo que queríamos. No hay más que mirar atrás y ver ese coche que ya no es el de nuestros sueños, ese móvil que ya no nos emociona, esa bici que ya no es la pera limonera, ese trabajo que ya no mola tanto, esa relación que ya no tiene tantos fuegos artificiales, ese viaje que finalmente no transformó nuestra vida, etc.

Mirar la vida desde la lente de “más VS suficiente”, sabiendo además que, en cualquier momento, se esconde la posibilidad de encontrar un ahora en el que pasado, futuro y mente no tienen sentido, nos ofrece la posibilidad de dejar de derrochar energía queriendo más de aquello que nunca será suficiente y que, además, no nos ofrece apenas beneficio ahora ni nos lo ofrecerá en ese futuro que nos presiona, colándose gracias a nuestra mente en nuestro ahora.

Mirar la vida desde la lente de “más VS suficente”, nos ofrece la posibilidad de encontrar formas de mirar la vida en las que ya tenemos suficiente de aquello mismo que nos hace sufrir cuando la miramos de una manera en la que no tenemos suficiente.

Mirar la vida desde la lente de “más VS suficiente”, nos ofrece la posibilidad de auditarnos a nosotros mismos cada vez que queremos elegir la dirección de “más”. Así, podríamos ponernos condiciones cada vez que iniciemos ese camino:

¿Cuánto será suficiente?
¿Empezar a recorrer ese camino me servirá para desarrollar mi potencial?
¿Recorrer ese camino será bueno para mí y para los que me rodean?
¿De verdad no tengo, ahora, suficiente?

En definitiva, no siendo improbable que la felicidad no ande lejos de “suficiente”… ¿Qué es más fácil: llegar a suficiente a través de “querer más” o cambiando nuestra manera de mirar la vida?

Si te da pereza leer, aquí lo leo para ti. 

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