YO VAGO

NACÍ

 

Hola, seguramente hayas llegado hasta aquí preguntándote qué tipo de personaje puede estar detrás de esta movida tan guapa. Y la verdad es que no me extraña, yo mismo no sé muy bien qué hago aquí, pero intentaré presentarme.

 

Soy Juan y me sacaron por cesárea de la tripa de mi madre hace tantos años como años llevo fuera.

 

En perspectiva, ahora veo aquello como toda una declaración de intenciones: unos meses antes había descubierto lo que era estar sentado y sentado me quedé… hasta que aparecieron aquellas gigantescas manos.

Supongo que ese es el momento en el que todas las cosas empezaron a complicarse. Aunque no tengo recuerdos de aquella fase tan temprana, puedo imaginarme que no lloré precisamente de alegría cuando vi aparecer aquellas malditas manos. Pasar de una vida en la que no tienes que hacer nada a una vida en la que tienes que hacer algo, si eres vago, no es algo baladí.

Desde entonces, he tenido infinidad de oportunidades de constatar que, quien quiera que diseñó esta vida, se olvidó de hacerla “vagos-friendly”.

Los vagos somos unos incomprendidos, los grandes olvidados. Ya desde la más tierna infancia, en la escuela, a los niños no se les enseña a querer a los vagos. Cuando le preguntas a un niño qué quiere ser de mayor, ningún niño te contesta que quiere ser vago, o un vago o el más vago.

En mi casa, por ejemplo, jamás existieron este tipo de conversaciones, que tanto necesitaba:

 

PADRES: Mira Juan, ¿ves a aquél hombre de allí?, el de aspecto descuidado…

YO: Sí, le veo

PADRES: Pues verás, es uno de los mayores vagos que conocemos, vago a unos niveles que desafían la imaginación.

YO: ¿De verdad?

PADRES: Sí cariño, de verdad. Pero queremos que sepas que tú tienes algo especial – un don – y que si te lo propones, ese vago tan extraordinario, a tu lado,  podría llegar a parecer alguien de provecho.

Ya desde pequeño, me di cuenta de que la vida no era justa con los vagos. La realidad siempre encontraba mil maneras de mostrar toda su crudeza, por ejemplo, cuando a las noches me despertaba muerto de frío, y moverme para volver a taparme no era ni siquiera una opción en mi cabeza.

Así fue como, poco a poco, esa especie de esperanza en una justicia cósmica que mi pequeña mente infantil albergaba, se fue apagando. Nadie ni nada iba a venir a compensarme por vivir siendo vago. Tendría que arreglármelas yo solito.  

 

CRECÍ Y DESCUBRÍ

 

Los días,

implacables,

siguieron pasando.

La vida, seguía su curso.

Mi vida, el curso de la vida.

Y yo, seguía siendo vago…

Poco a poco, empecé a tomar conciencia de que yo era diferente y, aunque no era el único, empecé a familiarizarme con la famosa “soledad del vago”.

Y aquella soledad dolía…

 

 

LA SOLEDAD DEL VAGO

Aunque la soledad del vago lleva azotando a los vagos desde que el hombre es hombre, no solo ha conseguido sobrevivir hasta nuestros días, sino que además lo ha hecho de manera implacable.

El paso del tiempo no ha hecho sino confirmar su inmutabilidad, y el vago moderno sufre la soledad del vago con idéntica contundencia a como la sufrieron otros vagos del mismo género, como los vagos hábilis o erectus.

Y digo todo esto no tanto para alardear de mi manejo de la wikipedia, como para ayudar a comprender las dimensiones de la tragedia. Si durante más de 2 millones de años no hemos sido capaces de derrotar, o siquiera debilitar, a la soledad del vago; conviene que sepamos cuanto antes que en solo una vida, aunque logremos vivir 100 años, tampoco podremos hacerlo.

Abandonar toda esperanza es lo primero que deberemos hacer si queremos aspirar a encontrar algo de felicidad en nuestro periplo vital.

Aquella soledad, por tanto, siempre fue, es y será el telón de fondo de mis días. Pero también es la responsable de que, a pesar de que los vagos poblemos el planeta en proporciones epidémicas, nunca logremos beneficio alguno del hecho de pertenecer a uno de los mayores grupos de la tierra.

Así pues, pertenecer al linaje de los vagos no te premia con la compañía, consejo, comprensión o apoyo de tus iguales. Ni siquiera te premia con el sentimiento de pertenencia, o de normalidad. Pertenecer a este grupo lleva implícita la condena de no sentir que perteneces a él.

Y en este escenario, millones de vagos rodeados de vagos, sentimos la vida como una aventura épica y solitaria. Millones de vagos a lo largo de millones de años han logrado la increíble hazaña de no dejar ningún tipo de legado a sus sucesores. Nacemos vagos vírgenes y cualquiera que sea la experiencia que acumulemos a lo largo de la vida, nuestra experiencia morirá con nosotros.

Así, aunque por encima de cualquier otra cosa yo era un vago a la deriva de la vida, tuvieron que pasar muchos años para poder darme cuenta de ello. La vida y sus múltiples trampas se encargaba con gran tenacidad de que aquella mi condición fundamental de vago pareciera simplemente una condición opcional o incluso elegible.

Considero que esta fue mi primera gran conquista como vago. De repente, todo tenía más sentido. Si miraba mi vida en retrospectiva, todas las piezas empezaban a encajar. Todo se entendía mejor desde la narrativa de un vago. Hasta entonces, vivía la ilusión de vivir la vida de una persona que, entre otras cosas, era vaga.

Es más, fijaros hasta donde llega la vida en su taimado plan que, si me lo hubieran preguntado en aquella época en la que vivía en las tinieblas de la ignorancia, hubiera sido capaz de responder que yo era vago solo… a veces. En fin, un disparate a la luz de lo que ahora sabemos.

 

Y AHORA LO COMPARTO

 

Una vez que comprendí que, por encima de todo, soy vago, todo empezó a tener sentido. A pesar de que la vida había intentado por todos los medios mantener oculta esa realidad, no sé muy bien cómo (quizás fue un milagro) conseguí descubrirla.

Ser vago era algo que simplemente no podía no ser.

Instantáneamente empecé a revivir las miles de ocasiones en las que, como si de un juego sádico se tratara, la vida me había señalado como alguien que elegía ser vago. Como si ser vago fuera una innoble opción que yo elegía en libertad. Como si estuviera dentro de mis posibilidades vivir como alguien que elige cómo vivir. Como si pudiera llegar a apetecerme hacer cosas que requerían esfuerzo o incluso que no me apetecían. Como si fuera alguien que elegía no hacer cosas que eran buenas para él porque le salía de la breva. Como si fuera alguien no vago eligiendo vivir como un vago…

Así pues, las reglas del juego habían cambiado, y a la luz de – esta vez si – la verdadera realidad, mis posibilidades también.

No he mentido hasta ahora, y no lo haré a partir de ahora. Así que no diré que ser vago se había convertido en un festival. No. Ser vago, seguía siendo una mierda, solo que ahora sabía de dónde venía el olor.

Cuando comprendí las implicaciones de todo esto, vi que no tenía otra opción que compartirlo, mi misión a partir de entonces sería la de enseñar a otros vagos a ver la mierda para que así, pudieran empezar a alejarse de ella.

Desgraciadamente, nunca protagonizaremos las increíbles historias que se cuentan en las frías noches de invierno alrededor de las hogueras, pero por fin podremos empezar a dejar de ser aquellos vagos que no sabían que eran vagos.

A través de esta web, dedicaré todos mis esfuerzos y sabiduría a intentar que la vida de los vagos del mundo sea un poco menos penosa. Y lo haré con autoayuda barata, de la buena.

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2 Comentarios

  1. Santa

    Juanillo, estoy deseando leer tus posts. Me he apuntado por si se da la casualidad de que soy capaz de vencer mi descomunal vagancia cuando los envíes y los leo

    Responder
    • autoayu2

      Ese es el espíritu! Power for the vaguer!!!

      Responder

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